Anagnórisis

Siempre le gustó curiosear en las notas de la gente. Ya de pequeño guardaba en una caja una colección de listas de la compra viejas. Y aprovechaba cualquier oportunidad para hurgar a escondidas en el maletín de su padre y encerrarse en el baño para leer con avidez su agenda del trabajo. En el instituto pedía los libros a sus compañeros con la excusa de los deberes, pero luego se pasaba horas estudiando las anotaciones en los márgenes, los chistes de las contraportadas o las firmas de las esquinas. Aunque no podía identificar con exactitud lo que sentía cuando se pasaba las horas releyendo notas ajenas, era algo parecido a esa sensación de vértigo y desazón feliz que tuvo instalada un buen rato en el estómago cuando le besó su primera novia, por sorpresa, en el portal de casa. Cada vez que descubría un nuevo rasgo de uno de sus compañeros de clase en el margen de una libreta usada, sentía tal emoción que casi se avergonzaba cuando volvía a encontrarse con él por el pasillo para devolverle el cuaderno de los deberes.
Años después, esperaba paciente en la oficina a que su compañero saliera a comer para inmediatamente leer de arriba abajo sus citas semanales, mensuales, e incluso si tenía números nuevos en el listín telefónico. Se quedaba el último todos los días y antes de salir repasaba uno por uno los postits que la gente había pegado durante la jornada en las esquinas de los ordenadores o en la pared. A veces, y sólo cuando llegaba a casa más tarde de esa hora prudencial en la que la mayor parte de los vecinos se encuentran dormidos, subía andando los ocho pisos para comprobar, puerta por puerta, si alguien se había dejado algo interesante por ahí olvidado. Además, ahora identificaba bien qué era exactamente lo que sentía cuando leía durante horas los documentos ajenos. Adoraba conocer esa información secreta que nadie tenía en cuenta. Aprendía de cada nueva anotación por la inclinación de las palabras, por la rapidez del trazo, por la forma de dibujar los guiones de las listas de tareas. Aunque sabía que no debía reconocerlo, se sentía realmente orgulloso de haber ideado lo que consideraba la mejor aproximación posible al conocimiento de las personas.
Un día, mientras leía las anotaciones de las últimas páginas de una agenda con tapas de piel azul, se encontró de pronto analizando trazos, indicaciones y esquemas de su propia agenda. Se asustó un poco y estuvo tentado de cerrarla, llegando a pensar incluso por un momento que su gran hazaña, su estudio personal, había concluido. Pero no lo hizo. Supo rápidamente que la mejor parte de su tesis acababa de empezar.
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Tags: Anagnórisis, Anotación, Aprendizaje, Curiosidad, Margen
Creo que me asustaría mucho si estudiara de esa manera mi propia agenda.
A eso no me he atrevido. A todo lo demás, sí.
nunca es tarde para empezar a conocerse a sí mismo. algo que resulta imposible sin saber primero de los otros
Claro q nunca es tarde, pero como bien dice Prisamata, lo malo es el susto q te puedes llevar!!!!
Aprender de los demás es la mejor escuela……………….
ya es que como intentes aprender sólo de ti mismo ya me dirás lo que vas a aprender…
La mejor parte de la tesis, pero también la más terrible e inquietante, seguro. No sé si me atrevería.
Besos
Guardo las agendasd de los últimos 12 años… Pero no suelo hojearlas. Creo que me da miedo.
Qué genial el texto, patrice.
Yo no uso agenda, yo creo que mi subconsciente me preavisa de lo que puede pasar…