LAS TARDES INAGOTABLES

04Mar06

Cuando bajo la sombra de los árboles volvíamos al hogar, descubrimos, a nuestro pesar, una honda desdicha que nos calaba los chubasqueros y también los huesos. Lo bonito hasta aquel momento era que los límites corporales no existían en nuestros cuerpos, sólo en alguna ilustración de la pesada de Sandy o en alguno de los discursos coñazo de Michel… Pero ahora todo había cambiado. Aquellas tardes inagotables en las que recorríamos las calles de la ciudad soleada y viva, se habían convertido en agujeros negros en nuestra memoria. No podíamos entenderlo todavía. Pero todo llega. Siempre.

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