El matrimonio

04Feb08

Boogi

Conocí a Azucena hace unos treinta y cinco años. Entonces ya trabajaba en prevención de riesgos laborales en una compañía editorial. Se ocupaba de que cada empleado tuviera la temperatura ambiente correcta, la cantidad de luz adecuada para ver sin forzar los ojos y, por supuesto, la espalda recta y las piernas en su ángulo exacto con la ayuda de atriles y reposapiés.

Lo más delicado era la sala de rotativas y aquellos techos tan altos que a veces se desplomaban encima de los empleados. Azucena siempre decía que los techos caían invariablemente de noche, pero aún así, por la naturaleza de la empresa, siempre terminaban aplastando por sorpresa y sin que pudieran escapar, a uno o dos operarios de guardia. Mi mujer también se ocupaba de la parte sucia del asunto, hacía algunas llamadas y daba la información justa a la compañía. Llegó a tal grado de discreción que en sus últimos años en la empresa consiguió que nadie percibiese ni siquiera que el techo se había caído la noche anterior. Sólo yo me enteraba. Cuando nos íbamos a la cama, me contaba una y otra vez la misma historia pero cada vez más perfeccionada, a medida que los techos iban cayendo uno tras otro.

Cuando tuvimos nuestro primer hijo, toda esa manía con la seguridad que se traía del trabajo se convirtió rápidamente en cientos de protectores para los enchufes, cierres de seguridad en las alacenas de los productos de limpieza, protectores de plástico en cada esquina de cada mueble, miles de alfombrillas de goma debajo de cada una de las alfombras, rejas en las ventanas, y una eternidad de inventos para que el niño no corriese la misma suerte que los operarios aplastados.

Azucena se jubiló hace unos tres años y medio, así que pasó a estar las veinticuatro horas del día en casa. Traté de hacerme a su apego a la seguridad como mejor pude. Me callaba cuando me pedía que no me duchase mientras ella estaba en el mercado y asentía cuando me exigía que no fumase en la terraza por si de repente, desde el balcón del piso de arriba, se precipitaba una maceta sobre mi cabeza.

Hace un par de días le comenté que deberíamos lavar las cortinas del salón. Sin pensarlo mucho cogió la escalera metálica y se puso a arrancar de uno en uno los ganchos, no sin antes colocarse el arnés que previamente había atado con un doble nudo a la barra de las cortinas. Pero mi querida Azucena no había previsto que la cuerda mediría un metro más de lo debido ni que la escalera estuviera casualmente rota.

Casi no pude reprimir la sonrisa cuando, después de escuchar el golpe seco sobre el parquet, me dirigí a la terraza, abrí la puerta de par en par, y apoyándome tranquilamente en el balcón, encendí un cigarro.

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5 Responses to “El matrimonio”

  1. 1 mario

    ja ja ja…¡qué bueno!

  2. 2 Karina Montajista

    ¡Cómo te has pasado con la pobre Azucena! Empezando por el nombre.

    Besos y caramelos,

  3. 3 Fer

    :-) Genial, Patrice.

    Pero qué irónica que es la vida… Me ha gustado el cigarrito de después.

    Besos gordos

  4. subyace el sentido de que el matrimonio acaba en asesinato si se llega a alargar mucho…?

  5. Eso se llama inteligencia. Nunca discutas con ellas, sólo sígueles la corriente. Las vueltas del destino terminarán por dar la razón a uno. Muy buena entrada.


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